jueves, 21 de febrero de 2013

AMBAS, MÍAS...

«Me he pasado la vida contemplando a mi madre y a mi padre y estudiando sus diferencias. Considero ambas culturas como mías. Pero estoy feliz de ser quien soy, dividida entre identidades, pasando de una a otra, cambiando de cerebro a cerebro.
   Soy el producto de personas que se lanzaron de una tierra a otra, que se metieron en las pieles de otros, vivieron otras costumbres... y nunca abandonaron sus culturas.»

~Fragmento del libro AMERICAN CHICA de Marie Arana.

lunes, 20 de agosto de 2012

EL JILGUERO...

«Alberto, el pajarero, vive en la media cuadra. Es un hombre de unos treinta y cinco años, moreno, silencioso, de ojos inteligentes. Ocupa dos piezas, una de las cuales ha sido arreglada para los menesteres de la industria. En el barrio dicen que su mujer murió a los dos años de haberse casado y que desde entonces vive solo.
   Pero a Juanito no le interesan esos detalles de la vida de Alberto. Para él, Alberto es un hombre melodioso que sabe hablar de bellas cosas, a menudo incomprensibles. Por eso el niño aprovecha cualquier ocasión para acercarse hasta la casa del pajarero.
   El hombre está siempre ante un pequeño banco lleno de listoncitos, alambres, clavos chiquitos, martillos, sierras y virutas. Adentro, en el corredor que da al patio, se siente una algarabía de trinos y aleteos contra los barrotes de las jaulas.

   –¿De dónde saca tantos pájaros, maestro Alberto?

   (Todos en el barrio le dicen maestro Alberto, y Juanito lo trata de igual modo aunque le choque un tanto.)

   –Del campo. Salgo muy de madrugada con mis jaulas de torno y mis varillas de liga. ¿Ves? El jilguero o el zorzal pisan aquí, y entonces esto se da vuelta y el pájaro cae adentro.

   –Juanito, ¿quisieras tener un jilguero?

   El pequeño levanta sus ojos maravillados hacia el maestro Alberto y tiembla como al borde de algo largamente esperado. No obstante, sólo sabe balbucear...

   –Sí... sí...

   Hay un momento de silencio. Juanito quisiera explicar todo lo que significa para él la posesión de un jilguero. Las palabras giran dentro de su pecho, en su garganta, en su sangre. Y vuelve a repetir...

   –Sí... sí...

   Alberto, entonces, camina hacia el corredor y retorna con una pequeña jaula azul en cuyo interior revuela un jilguero negro y amarillo, deslumbrante.

   –Este es para ti.

   –¿Para... mí?

   –Sí, Juanito.

   El niño no sabe nada más. Como poseído de una fiebre deslumbradora, camina... corre... huye por la acera mal empedrada y penetra sin aliento en su casa, apretando contra el pecho el inesperado regalo.

   –¡Un jilguero! ¡Un jilguero mío!

   Va repitiendo a cada paso. De pronto, se encuentra frente a su madre... y le cuenta... mil veces le cuenta.

   Y así transcurre el día. Al anochecer, la madre de Juanito ha puesto la jaula en el corredor, junto a la pieza de su hijo.

   –Hasta mañana, mamá...

   –Hasta mañana, hijito.

   Cierra los ojos y los abre apenas ha salido su madre. El cuarto se llena de pájaros que se posan en los cuadros, en las perillas del catre, en el clavo que sostiene el calendario. Los pájaros salen de los libros, cantan al borde de su velador. Juanito se cansa de perseguirlos con los ojos y con la mente. Entonces los pájaros escapan por el techo. Son estrellas, estrellas parpadeantes en el gran árbol del cielo. Juanito también se va detrás de los pájaros. Le han crecido dos alas amarillas y negras. Cruza por encima del mundo, sostenido por ellas, y canta sobre las ramas floridas. Él mismo se disgrega. Y es sólo un niño que atraviesa por el país sin sonido ni color en el que habitan los ángeles.»

(Fragmento del libro Comarca del Jazmín, de Oscar Castro, escritor chileno.)

viernes, 17 de agosto de 2012

COMO RECOLECTANDO EL TIEMPO...

«Domingo de noviembre gris y templado. Me paseo por los bosques que rodean mi pueblo. Me hundo en hojas doradas y tostadas de abedules, castaños y robles; bajo mis pasos, crujen las hojas muertas. 
   De pronto, a diez pasos de mí, en el sendero, surgen de una espesura tres corzos, un macho y dos hembras. Pardo y tostado el pelaje, bien erguida la cabeza. La visión ha durado una décima de segundo. Me parece haber soñado. El instante mágico ha huido entre mis manos como el agua. 
   Entonces compongo espontáneamente un haiku*. La gota de agua del instante se transforma en gota de cristal. Es como si se «recolectara el tiempo...»


Tres corzos,
cabezas altivas
bajo el viento a todo correr.

El viento que se levanta, el viento vacilante, el viento de primavera. Se nos echa encima rápidamente. Ahí está, en los ojos, en las mejillas y en los labios, en la fresca eternidad del instante.»

(*Haiku, verso articulado en tres partes. Fragmento del libro Los Más Bellos Cuentos Zen).


jueves, 16 de agosto de 2012

SE VA EL AMOR...

«Un hombre joven y pobre llamado Iruka amaba con toda la locura de su corazón a una muchacha rica y bella a más no poder. Puesto que era letrado, Iruka escribió a su amada una carta de amor cada día durante tres largos años sin fallar una sola vez.
   Al tercer año, se atrevió a sugerirle que le hiciera un signo durante la fiesta de difuntos. Pero la amada no respondió, ni siquiera lo miró, ni le mostró nunca el menor interés. Entonces el corazón de Iruka se cansó. Pensó hacerse monje, y lo hizo. Y pasó el tiempo...
   Una mañana de primavera, iba a buscar el agua a un pozo situado cerca de su ermita, cuando Iruka se encontró a Chujo por primera vez en su vida. Ella se echó a sus pies:
   –¡Iruka! –exclamó– ¡He caminado durante meses antes de encontrarte, y por fin te veo, admirable Iruka! Tu amor, del que dan testimonio mil cartas, ha terminado por tocarme el corazón.
   Al decir aquellas palabras, descrubrió su rostro, hasta aquel momento cubierto por un velo de seda. Y era tanta su belleza que hacía palidecer la luz del día.
   –Soy tuya, Iruka, ahora te amo como me amabas tú entonces.
   Iruka le respondió:
   –Es demasiado tarde, Chujo. He cortado todos los lazos con esta clase de amor. Soy monje.
   Y sin una mirada, la dejó.
   Chujo, desesperada, se tiró al río y se ahogó.
   Enterado de la noticia, Iruka compuso este poema:


No queda en la rama,
la flor de cerezo,
antes del verano... muere
(Fragmento del libro Los Más Bellos Cuentos Zen).

viernes, 22 de junio de 2012

CUÉNTAME UN CUENTO...

«Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también éste que observa desde afuera. 
   –Cuéntame un cuento –te digo.
   –¿Cómo lo quieres?
   –Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.»
(Fragmento del libro Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende).

sábado, 16 de junio de 2012

EL HERMANO...

«A Juanito siempre le ha preocupado la puerta fría y vertical del espejo. Ese espejo grande del ropero que hay en la pieza de su madre. El espejo prolonga más allá de la pared, en un espacio inexistente, la habitación. Él mismo aparece viviendo al otro lado, en ese mundo de penumbra y fulgor. Es decir, él mismo no: alguien que se le parece y que usurpa su personalidad. Porque Juanito no puede haber más que uno en el mundo, como hay un solo Baltasar, su abuelo, y un solo Javier, su hermano. Por más que el otro niño del reflejo haga sus mismos gestos y muecas, Juanito desconfía de él. Un día lo sorprenderá con algo imprevisto, dejándolo en ridículo. Mientras tanto, se entretiene en charlar con aquel doble suyo...


–Tú también te llamas Juanito, ¿no?
–Tú lo has dicho: me llamo Juanito.
–Y haces todo lo que yo hago, como si tu ocupación única fuera adivinar mis movimientos.
–Exactamente. Y tú nunca podrás sorprenderme, porque conozco todo lo que piensas.
–Entonces no eres más que un mono.
–Eso es lo que te imaginas tú.


El movimiento de los labios del otro coincide siempre con el de los suyos. Pero dicen cosas distintas. Y se comprenden sin dificultad...


–Tú no puedes hacer una cosa que yo hago.
–A ver... ¿qué cosa tan difícil ha de ser ésa?
–No puedes gritar.
–¿Cómo que no?
–No. ¡Aaaaah...!
–...
–¿Ves? Mi voz la escuchan todos. La tuya no suena.
–Si estuvieras a este lado del espejo me oirías.
–Eres estúpido.
–Y tú, tonto.
–Un día te romperé las narices.
–No te atreves; te pegarían.
–Y lo verás.
–No puedes.


Juanito sabe que no puede y da vuelta la espalda. Presiente que su enemigo lo está observando. Tiene la clara impresión de sus pupilas fijas en su nuca. Torna la cabeza con rapidez y encuentra la cara del otro. Juanito saca la lengua. El enemigo saca la lengua. Juanito abre la puerta y sale. Su enemigo se habrá quedado por ahí, fuera del alcance de su mirada, para aparecer apenas él entre. Conoce ya todas sus tretas y no desconfía de encontrarlo dormido un día. Porque aquel estúpido también sabe dormir. Será divertido verlo llegar con retraso, frotándose los ojos, avergonzado. Hasta ahora no ha tenido una sola falla. Pero ya la tendrá... ya la tendrá...»
(Fragmento del libro Comarca del Jazmín, de Oscar Castro, escritor chileno.)