«Alberto, el pajarero, vive en la media cuadra. Es un hombre de unos treinta y cinco años, moreno, silencioso, de ojos inteligentes. Ocupa dos piezas, una de las cuales ha sido arreglada para los menesteres de la industria. En el barrio dicen que su mujer murió a los dos años de haberse casado y que desde entonces vive solo.
Pero a Juanito no le interesan esos detalles de la vida de Alberto. Para él, Alberto es un hombre melodioso que sabe hablar de bellas cosas, a menudo incomprensibles. Por eso el niño aprovecha cualquier ocasión para acercarse hasta la casa del pajarero.
El hombre está siempre ante un pequeño banco lleno de listoncitos, alambres, clavos chiquitos, martillos, sierras y virutas. Adentro, en el corredor que da al patio, se siente una algarabía de trinos y aleteos contra los barrotes de las jaulas.
–¿De dónde saca tantos pájaros, maestro Alberto?
(Todos en el barrio le dicen maestro Alberto, y Juanito lo trata de igual modo aunque le choque un tanto.)
–Del campo. Salgo muy de madrugada con mis jaulas de torno y mis varillas de liga. ¿Ves? El jilguero o el zorzal pisan aquí, y entonces esto se da vuelta y el pájaro cae adentro.
–Juanito, ¿quisieras tener un jilguero?
El pequeño levanta sus ojos maravillados hacia el maestro Alberto y tiembla como al borde de algo largamente esperado. No obstante, sólo sabe balbucear...
–Sí... sí...
Hay un momento de silencio. Juanito quisiera explicar todo lo que significa para él la posesión de un jilguero. Las palabras giran dentro de su pecho, en su garganta, en su sangre. Y vuelve a repetir...
–Sí... sí...
Alberto, entonces, camina hacia el corredor y retorna con una pequeña jaula azul en cuyo interior revuela un jilguero negro y amarillo, deslumbrante.
–Este es para ti.
–¿Para... mí?
–Sí, Juanito.
El niño no sabe nada más. Como poseído de una fiebre deslumbradora, camina... corre... huye por la acera mal empedrada y penetra sin aliento en su casa, apretando contra el pecho el inesperado regalo.
–¡Un jilguero! ¡Un jilguero mío!
Va repitiendo a cada paso. De pronto, se encuentra frente a su madre... y le cuenta... mil veces le cuenta.
Y así transcurre el día. Al anochecer, la madre de Juanito ha puesto la jaula en el corredor, junto a la pieza de su hijo.
–Hasta mañana, mamá...
–Hasta mañana, hijito.
Cierra los ojos y los abre apenas ha salido su madre. El cuarto se llena de pájaros que se posan en los cuadros, en las perillas del catre, en el clavo que sostiene el calendario. Los pájaros salen de los libros, cantan al borde de su velador. Juanito se cansa de perseguirlos con los ojos y con la mente. Entonces los pájaros escapan por el techo. Son estrellas, estrellas parpadeantes en el gran árbol del cielo. Juanito también se va detrás de los pájaros. Le han crecido dos alas amarillas y negras. Cruza por encima del mundo, sostenido por ellas, y canta sobre las ramas floridas. Él mismo se disgrega. Y es sólo un niño que atraviesa por el país sin sonido ni color en el que habitan los ángeles.»
(Fragmento del libro Comarca del Jazmín, de Oscar Castro, escritor chileno.)
lunes, 20 de agosto de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
COMO RECOLECTANDO EL TIEMPO...
«Domingo de noviembre gris y templado. Me paseo por los bosques que rodean mi pueblo. Me hundo en hojas doradas y tostadas de abedules, castaños y robles; bajo mis pasos, crujen las hojas muertas.
De pronto, a diez pasos de mí, en el sendero, surgen de una espesura tres corzos, un macho y dos hembras. Pardo y tostado el pelaje, bien erguida la cabeza. La visión ha durado una décima de segundo. Me parece haber soñado. El instante mágico ha huido entre mis manos como el agua.
Entonces compongo espontáneamente un haiku*. La gota de agua del instante se transforma en gota de cristal. Es como si se «recolectara el tiempo...»
De pronto, a diez pasos de mí, en el sendero, surgen de una espesura tres corzos, un macho y dos hembras. Pardo y tostado el pelaje, bien erguida la cabeza. La visión ha durado una décima de segundo. Me parece haber soñado. El instante mágico ha huido entre mis manos como el agua.
Entonces compongo espontáneamente un haiku*. La gota de agua del instante se transforma en gota de cristal. Es como si se «recolectara el tiempo...»
Tres corzos,
cabezas altivas
bajo el viento a todo correr.
cabezas altivas
bajo el viento a todo correr.
El viento que se levanta, el viento vacilante, el viento de primavera. Se nos echa encima rápidamente. Ahí está, en los ojos, en las mejillas y en los labios, en la fresca eternidad del instante.»
(*Haiku, verso articulado en tres partes. Fragmento del libro Los Más Bellos Cuentos Zen).
jueves, 16 de agosto de 2012
SE VA EL AMOR...
«Un hombre joven y pobre llamado Iruka amaba con toda la locura de su corazón a una muchacha rica y bella a más no poder. Puesto que era letrado, Iruka escribió a su amada una carta de amor cada día durante tres largos años sin fallar una sola vez.
Al tercer año, se atrevió a sugerirle que le hiciera un signo durante la fiesta de difuntos. Pero la amada no respondió, ni siquiera lo miró, ni le mostró nunca el menor interés. Entonces el corazón de Iruka se cansó. Pensó hacerse monje, y lo hizo. Y pasó el tiempo...
Una mañana de primavera, iba a buscar el agua a un pozo situado cerca de su ermita, cuando Iruka se encontró a Chujo por primera vez en su vida. Ella se echó a sus pies:
–¡Iruka! –exclamó– ¡He caminado durante meses antes de encontrarte, y por fin te veo, admirable Iruka! Tu amor, del que dan testimonio mil cartas, ha terminado por tocarme el corazón.
Al decir aquellas palabras, descrubrió su rostro, hasta aquel momento cubierto por un velo de seda. Y era tanta su belleza que hacía palidecer la luz del día.
–Soy tuya, Iruka, ahora te amo como me amabas tú entonces.
Iruka le respondió:
–Es demasiado tarde, Chujo. He cortado todos los lazos con esta clase de amor. Soy monje.
Y sin una mirada, la dejó.
Chujo, desesperada, se tiró al río y se ahogó.
Enterado de la noticia, Iruka compuso este poema:
Al tercer año, se atrevió a sugerirle que le hiciera un signo durante la fiesta de difuntos. Pero la amada no respondió, ni siquiera lo miró, ni le mostró nunca el menor interés. Entonces el corazón de Iruka se cansó. Pensó hacerse monje, y lo hizo. Y pasó el tiempo...
Una mañana de primavera, iba a buscar el agua a un pozo situado cerca de su ermita, cuando Iruka se encontró a Chujo por primera vez en su vida. Ella se echó a sus pies:
–¡Iruka! –exclamó– ¡He caminado durante meses antes de encontrarte, y por fin te veo, admirable Iruka! Tu amor, del que dan testimonio mil cartas, ha terminado por tocarme el corazón.
Al decir aquellas palabras, descrubrió su rostro, hasta aquel momento cubierto por un velo de seda. Y era tanta su belleza que hacía palidecer la luz del día.
–Soy tuya, Iruka, ahora te amo como me amabas tú entonces.
Iruka le respondió:
–Es demasiado tarde, Chujo. He cortado todos los lazos con esta clase de amor. Soy monje.
Y sin una mirada, la dejó.
Chujo, desesperada, se tiró al río y se ahogó.
Enterado de la noticia, Iruka compuso este poema:
No queda en la rama,
la flor de cerezo,
antes del verano... muere.»
(Fragmento del libro Los Más Bellos Cuentos Zen).
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